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lunes, 7 de junio de 2021

In her Majesty's Name: La Vieja Guardia

"Yo estuve allí el día que los soldados automáticos de Napoleón IV sitiaron y ocuparon el palacio de Buenavista.

Cuentan que el anillo de hierro con el que Guillermo I sitió París apenas aguantó unas horas cuando frente a él comenzaron a formar líneas enteras de autómatas armados con pesadas armas de fuego. Las baterías de artillería prusianas eran tremendamente poderosas, pero los soldados de acero y latón franceses, movidos por una fuerza misteriosa y dotados de inteligencia, lograron alcanzar las líneas de Guillermo, momento en el que incluso los soldados más veteranos cayeron presa del pánico al ver a estos androides de dos metros, vestidos como la Vieja Guardia de Napoleón I, machacaban a sus compañeros.

Tras la rotura del cerco de París los soldados franceses, liderando estos autómatas expulsaron a los prusianos hasta el Rin, dónde el propio río hizo de frontera para estas máquinas. No pasó mucho tiempo hasta que el propio Napoleón IV echó la vista hacia la península y vió cómo la República se desangraba entre luchas de poder interno. En cuanto los cantonalistas izaron las banderas desafíando al gobierno, los franceses envíaron a sus tropas más a cruzar los pirineos.

Cuando desde el río Jarama comenzaron a sonar las descargas de artillería, los que estábamos en Madrid supimos que el frente de la columna francesa estaría en breve aquí. No sabíamos que estos androides eran soldados terribles por incansables. Las milicias llamaron a todos los hombres a defender la capital, pero al caer la noche la columna francesa, que no se había detenido en ningún momento alcanzó las primeras viviendas de la ciudad. Me gustaría decir que la población se portó como aquel dos de mayo de 1808, pero al despuntar el alba todo Madrid estaba bajo el dominio de Napoleon IV. Sólo el Palacio de Buenavista, dónde se fortificó el cuartel general del ejército logró aguantar unas horas las descargas de las pesadas armas de los soldados automáticos, lo que permitió a unos cuantos miles de ciudadanos que pudiéramos escapar de la ciudad, cruzar Despeñaperros y lamernos las heridas en Cádiz."

- XVIII diario de Cristino Martos y Balbi

La Vieja Guardia de Napoleón IV domina la plaza de Cibeles. 

Hola a todos de nuevo. Hace relativamente poco que presentamos, en una serie de entradas seguidas, a la I Brigada Anfibia de Cartagena, una unidad militar de lo que queda del estado español tras ser invadido por el ejército de Napoleón IV, y tras ponerles cara a los integrantes de estos hombres necesitábamos ocuparnos de unos antagonistas a su altura.

A decir verdad hace bastantes meses, cuando pensaba en el trasfondo de la banda anterior se me ocurrió la idea de introducir autómatas en el juego. Además se podría explotar algo más las reglas de los campos eléctricos y los generadores de energía que permiten a estas máquinas y a los andadores (walkers) moverse. Poco después de hacer un boceto de reglas los creadores del juego anunciaron la segunda edición de In Her Majesty's Name, con la adición de reglas para jugar con androides (automatons) y evidentemente yo me quedé expectante por saber como las desarrollarían. Pero lo cierto es que no pude reprimir mis ansias creativas y me hice con dos figuras de la gama Europe Ablaze de Artizan para convertirlos en autómatas de guerra vestidos de la Vieja Guardia napoleónica: Panzer-bot Neun y Panzer-bot Dreizehn.

Las miniaturas originales, antes de ganarse
el uniforme de granaderos.

Tras conseguir las miniaturas viene el momento de empezar a trabajar: modelarles el gorro de granadero napoleónico y añadir un par de plumas de matrices de imperiales de Warhammer Fantasy Battles, ponerles a la espalda un par de mochilas de pertrechos de la caja de soldados de Frostgrave y por último localizar dos cuchillos para poner en la punta de las ametralladoras para hacer dos brutales bayonetas. Se imprima en negro y a pintar...

Como podéis ver el esquema está basado en el uniforme de los granaderos de la Vieja Guardia napoleónica de principios del siglo XIX. Sin entrar en detalles, se trata de una combinación bastante llamativa y reconocible de blanco, azul y rojo, con las plumas del bonete de piel en rojo. Como detalle, cuando estaban a medio pintar las miniaturas mi suegro vino a casa y viendo las figuras de lejos, acertó con que estaba pintando unos franceses napoleónicos. Eso si, luego al verlos de cerca se sorprendió con la mezcla de robot-soldado que tenía entre manos. 

Las caras se han pintado como si fueran muñecos cascanueces, con esos bigotes marcados que, según parece, los soldados franceses tenían obligación de lucir. Es cierto que el espacio de cara que tienen los androides es muy pequeño como para incluir nada más que el bigote, ojos y un punto rojo que señala la nariz de la figura. 

El detalle del águila del pecho de los autómatas pensé en limarlo y hacerlo desaparecer, pero pensé que podría pasar por una versión moderna del águila napoleónica, así que terminaron pintadas de dorado. Es de suponer que los descendientes de Bonaparte adoptarían el águila como emblema del nuevo Imperio Francés. 



Las armas, originalmente unas ametralladoras MG 42, se han pintado de color madera, representando un fusil de cuerpo robusto y pesado o una ametralladora arcaica con los carenados de madera. La bayoneta de hoja tan exagerada en la punta le da un aspecto amenazador. 

Vistas del primer soldado de la Vieja Guardia, con el arma a
medio cuerpo y preparado para abrir fuego. 

Vistas del segundo soldado, manteniendo en alto el arma. Un vigilante
incansable que puede mantener durante semanas su posición, siempre
que no le falte energía... ni munición.

Como comentaba al principio de esta entrada, hace poco nos llegó la nueva edición de IHMN, mejorada y revisada, pero con ciertas lagunas o aspectos que quizás esperábamos que hubieran abordado los creadores con mas profundidad. Uno de estos es, al menos para mi, las reglas para autómatas, muy sencillas, tanto que incluyen como autómatas zombies y esqueletos levantados mediante nigromancia... no sé, a mi no me convencen.

Aún así las reglas (aún no probadas) para estos autómatas son las siguientes: 
Si, es algo caro, pero si nos ceñimos a las reglas de IHMN podríamos tener este perfil. Por otro lado me hubiera gustado más que los autómatas fueran poderosos pero más limitados en sus acciones que un humano, y en consonancia mucho más baratos... quizás en una entrada nueva lo aborde.

" Muévase señor "

Espero que os haya gustado la entrada... recordad que podéis añadir un comentario contando que os ha parecido y seguirnos en Facebook y en Telegram. Nos leemos.

martes, 14 de abril de 2020

In Her Majesty's Name - La I Brigada Anfibia de Cartagena, parte 1ª: Trasfondo

Primer artículo sobre nuestra particular visión del mundo Steampunk en que de desarrolla el juego In Her Majesty's Name. La idea surge de un ¿y si las revoluciones cantonales de 1870 hubieran durado hasta 1895? ¿y si a todo esto Napoleón III mantiene el Imperio Francés y su hijo, Napoleón IV conquista España?¿y si Isaac Peral hubiera desarrollado los aparatos que han permitido a los cantonalistas mantener a las tropas francesas a raya?...

La historia del Cantón de Cartagena, uno de los doce estados autónomos que forman la Federación Española junto a Vizcaya, Ovieu, Illes Balears, Málaga, Granada, Utrera-Cadiz, Cuba, Filipinas, Puerto Rico, el Rif Español, Guinea Ecuatorial y el Cantón de Canarias-Sahara Occidental, comienza el 12 de julio de 1873, con el levantamiento en el Castillo de Galeras con la izada de la bandera roja y la proclamación dos días después del Cantón Murciano.

Vista de la ciudad de Cartagena con su muralla, 1879.

Las fuerzas bajo el mando del general Juan Contreras y el político Antoñete Gálvez, capturaron el Arsenal dónde se encontraban fondeados los mejores barcos de la flota española. El Cantón, bien pertrechado gracias a las armas del Arsenal y a la posesión de la flota, acuñó moneda propia y resistió los ataques de las tropas del Gobierno.



Los cantonales organizaron expediciones por tierra y mar para extender la revolución. Con la flota que quedó en su poder al proclamarse el Cantón, se dirigieron expediciones marítimas a Valencia, Málaga, Alicante, Torrevieja, Águilas, Mazarrón o Vera, con diferente suerte, para extender el cantonalismo y también conseguir financiación y víveres. En tierra, se dirigieron marchas sobre numerosos puntos del sudeste, como Lorca, Hellín y Orihuela, y una marcha sobre Madrid que fue desbaratada el 10 de agosto de 1873 en la batalla de Chinchilla, que supuso un duro revés a las fuerza cantonalistas, pues el ejército gubernamental logró una aplastante victoria, que le permitió a sus fuerzas avanzar hasta la ciudad de Murcia y posteriormente establecer un asedio a la ciudad de Cartagena.


Las noticias de los combates abiertos en numerosos frentes en el seno de la Primera República Española llegaron a los codiciosos oídos del emperador Napoleón IV, que acababa de derrotar a las tropas prusianas en el Sitio de París, gracias al desarrollo de un soldado automático capaz de derrotar a un pelotón de enemigos sin sufrir casi daños. Napoleón IV envió un ejército de ocupación apoyado por los soldados automáticos recién desarrollados a Madrid, aplastando cualquier resistencia a su paso desde los pirineos hasta la capital. En escasas semanas el ejército de ocupación vence las defensas de la sierra norte y entra en la capital de España, capturando al gobierno y ocupando España por segunda vez en el siglo XIX.

Napoleón IV, Emperador de Francia.

Con la caída del gobierno español, Napoleón IV, a sabiendas que el pueblo español no iba a aceptar a un Bonaparte en el trono y auspiciado por su madre, la Emperatriz Eugenia de Montijo, intercedió ante su hijo para que nombrara como soberano a Alfonso XII de Borbón, que juró fidelidad a Napoleón IV en el Madrid ocupado.

Si bien muchos militares gubernamentales aceptaron la ocupación napoleónica, otros muchos se declararon en rebeldía o se unieron a los múltiples pronunciamientos que se sucedían por la mayoría de los territorios españoles, como Oviedo, las ciudades de Málaga, Sevilla o Granada, o el territorio vasco. Si estos territorios tenían algo en común sería más su deseo de expulsar al invasor francés que una ideología, no obstante todos se unieron junto a las colonias de ultramar y los territorios africanos en la Federación Española, más una unión teórica que efectiva, pero que les permitió fortificarse y defenderse de la ocupación francesa, manteniendo los territorios bajo su soberanía.

Las batallas fueron numerosas en el territorio español, llegando a la ocupación de Sevilla por las tropas imperiales en 1880, y la constitución de la ciudad de Utrera como capital de la provincia de Utrera-Cádiz. Si el poder teórico lo ostentaba Alfonso XII, eran los militares imperiales franceses los que desde el Castillo de Belmonte comandaban los ejércitos de ocupación.

Castillo de Belmonte, año 1890.

Es 1895 y han pasado más de 20 años desde la ocupación imperial, formándose unas fronteras no escritas entre los territorios centrales de la España ocupada y la Federación Española, que sobrevive como una agrupación heterogénea de territorios, algunos apoyados por otras potencias extranjeras que no desean ver la península ibérica bajo dominio de Napoleón IV. 

Mapa de la Federación Española a principios de 1895.

Si el Cantón de Cartagena ha resistido a la ocupación francesa es tanto por su particular localización como por el desarrollo de novedosos artefactos bélicos que gracias a personajes como Isaac Peral han permitido que las fuerzas cantonales aguanten los avances de las tropas blindadas de Napoleón IV.


El primer submarino Peral, en 1885. 

Entre los artefactos destacan los "mulos", similares en concepto a los Walkers británicos, desarrollados a partir de las versiones de trabajo que han revolucionado la explotación minera de las zonas de La Unión.

Primeras versiones militares de mulos, inspeccionadas por el ingeniero Peral, en 1888.

Los mulos son ingenios mecánicos movidos por vapor que permiten a un sólo piloto mover grandes cantidades de peso, lo que incluye armas pesadas como ametralladoras y lanzadores de granadas. Al estilo de los ingenios de otras potencias menores, el Arsenal del Cantón ha primado la movilidad y la velocidad sobre el blindaje, pero a pesar de ello el resultado en las montañas de Sierra Espuña y por toda la frontera del Guadiana ha sido decisivo.

Versiones de mulos militares con ametralladora y lanzador de granadas.

En próximos artículos veremos mas detalles de los mulos, los personajes que componen la I Brigada Anfibia de Cartagena, su pintura y sus reglas de juego. ¡Nos leemos por aquí!
Soldados de la Brigada Anfibia durante una acción de asalto.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Frostgrave: Freakland en Felstad: Convidados de hueso


―Allí hay un puto esqueleto.
     Ciara dirigió la vista hacia donde estaba señalando el caballero Donevan. Ambos estaban agazapados en lo que antaño debió ser la cocina de una mansión señorial, pero que ahora no era más que un montón de escombros dispersos cubiertos de musgo helado, en el flanco de un edificio semiderruido, ubicado en la parte alta de una laberíntica ciudad ahogada en su propia ponzoña mágica.
     La aprendiza del taumaturgo Motius observó a la criatura descarnada que se erguía mágicamente al otro lado del patio. El no muerto vestía con excesiva holgura una destartalada armadura de placas metálicas, llena de óxido y abolladuras, por cuyos huecos colgaban jirones de tela parduzca trenzados con gruesas telarañas. Se apoyaba, aparentemente con aire aburrido, en el pomo de una descomunal espada bastarda, apostado ante la negra boca que conducía a la construcción contigua al viejo palacete que la compañía de Motius llevaba explorando desde el alba.
     Un escalofrío, que nada tenía que ver con las bajas temperaturas del maldito Felstad, sacudió la espalda de Ciara. Por supuesto, tampoco con la presencia del no muerto en sí, ya que desde que se pusiera bajo la tutela de Motius había presenciado toda clase de milagros. No, lo que sentía en ese instante era la garra de acero de una funesta premonición. La marcha desde Cavancruach no había estado exenta de amenazas y peligros, pero aquello era otra cosa, la impávida certeza de que un Mal tan antiguo como implacable les acechaba al otro lado del umbral que custodiaba el esqueleto.
     Ciara se reconocía ambiciosa, temeraria e impaciente, y toda esta panoplia de defectos era lo que había dificultado su progresión en la ingrata carrera de la magia, pero Motius nunca había puesto en duda su potencial ni su fidelidad como discípula. Por eso, estaba dispuesta a seguirlo hasta el fin, y el fin parecía hallarse al otro lado del patio. Resopló, apartó sin más sus negros pensamientos y se asomó temerariamente por encima de los restos de la pared, buscando con la mirada al resto del grupo y, sobre todo, a Motius.
     Pero en lugar de dar con su maestro, topó con Garth el Oscuro. El explorador sostenía su arco de esa manera suya tan particular, a la vez que apuntaba con extraordinaria firmeza hacia el no muerto. Garth debió notar que estaba siendo observado, porque volvió la cabeza hacia Ciara y le sonrió, con esa sonrisa que se sentía como una lengua de escarcha en la nuca, al tiempo que soltaba la flecha. En menos de un parpadeo, ensartó el cráneo del no muerto y este voló, lejos del resto de su cuerpo, para chocar contra una columna partida y estallar en pedazos. El resto del guardián espectral apenas se tambaleó, pero dejó caer el espadón. La hoja restalló como una campana, amplificada por un millón de ecos sobrenaturales.
     ―A tomar por culo el efecto sorpresa ―masculló Donevan.
     Tenía demasiada razón. No habían terminado de extinguirse las reverberaciones del metal contra la piedra cuando la puerta comenzó a vomitar esqueletos, guerreros acorazados bien pertrechados de espadas y escudos, incansables, silenciosos, con nada más que oscuridad en las cuencas de los ojos. Salían en tropel, como si estuvieran desalojando el edificio a toda prisa.
     Entonces, Mataperros comenzó a reír.
     Las carcajadas de Slain Mataperros retumbaron en el patio, estremeciendo a las alimañas que acechaban en la oscuridad. Ciara sabía que aquellas risas solo eran el preludio de una nueva exhibición del bárbaro y su hacha Pelacráneos.
     Al principio del viaje, Ciara creyó que la insistencia de su maestro en reclutar a su viejo amigo para aquella descabellada empresa tenía que ver con el encargo de reclutar al resto de la banda; fue así como llegaron a su grupo los hermanos Feroces, un trío de curtidos veteranos a cual más pendenciero y duros cuerpo a cuerpo; Saxton y Lucas, los dos arqueros de Solanas, de puntería casi mágica; Agrio y Bocazas, ladrones de profesión reconvertidos en buscadores de tesoros, a los que, eso sí, tampoco convenía darles la espalda o dejar que sucumban a las malas ideas; y por supuesto, Garth el explorador, tan afilado como la punta de sus flechas. Todos partieron de Cavancruach convencidos de que podrían arrebatarle a Felstad la mayoría de sus tesoros. Todos, salvo Motius, cuyas verdaderas intenciones se las guardaba solo para sí.
     Así pues, partieron, compartieron viaje, espantaron a unos bandidos y acabaron con una manada de perros salvajes y ahora, en aquel patio de losas cuarteadas y erosionadas por siglos de hielo, salían de sus escondrijos como por ensalmo, echando mano de sus aceros para vender caros sus pellejos frente a la partida nigromántica, con Slain Mataperros, riendo como un demente, a la cabeza. Al verlo arrojarse contra el pelotón de cadáveres vivientes, convertido en una tromba de muerte que desmembraba brazos y aplastaba cascos y corazas, Ciara comprendió por qué Motius no quería confiarlo todo al poder de la magia.
     Contagiada por la euforia guerrera, la aprendiza saltó el murete y comenzó a avanzar hacia la gresca. En su camino sacó uno de los guijarros blancos que portaba en la faltriquera y formuló mentalmente el conjuro que lo convertiría en una bomba. De nuevo, Donevan la interrumpió, poniendo su mano en su hombro. A punto estuvo Ciara de darle un rodillazo en la entrepierna, pero se contuvo. A fin de cuentas, si el malhablado caballero andante se había unido al grupo había sido por su culpa, por un estúpido malentendido que la había convertido en algo así como «su dama». Motius se había lavado las manos en este tema, y la había dejado sola para que se las compusiera como ella buenamente pudiera.
     ―¡Mira arriba!
     Motius se había teletransportado a lo más alto de un montículo de escombros. Su hoz de guerra revoloteaba en el aire trazando símbolos arcanos de poder mientras completaba mentalmente el algoritmo del conjuro. Las runas labradas en la hoja curva se llenaron de una luminiscencia azul, de tal manera que hasta los esqueletos parecieron detenerse a mirarla.
     Ciara reconoció los pases y se preparó para lo que fuera a suceder.
     El maremágnum en el patio era terrible. Lucas había caído derribado por un mal golpe. Saxton cubría la retaguardia. Mataperros forcejeaba con dos enemigos, con el hacha atorada en el costillar de uno de ellos. Los hermanos Feroces lanzaban sablazos a diestro y siniestro, avanzando hacia el quicio de la puerta, palmo a palmo, flanqueados por Agrio y Bocazas. Garth andaba revolcándose por el suelo con otro cadáver demasiado ágil para su gusto. De pronto, un relámpago celeste cubrió a todos los presentes y un extraño personaje se materializó entre todos ellos. Un ser escuálido, enfundado en una túnica harapienta adornada con huesecillos y cráneos de aves y roedores, que hedía a magia nigromántica. Nadie pareció reparar en él, salvo la aprendiza.
     Sin pararse a pensar, Ciara formuló el conjuro de pies ligeros y empujó a Donevan hacia el brujo. El caballero echó a correr como si el peso de su armadura se hubiera esfumado. En tres zancadas se plantó ante él y, antes de que este tuviera tiempo para reaccionar, le separó la cabeza de los hombros con un tajo limpio.
     A una, todos los no muertos se derrumbaron como títeres desprovistos de sus cuerdas, con el mismo estrépito que si hubiera volcado el carro de un hojalatero.
     ―Bueno, muchachos ―exclamó Motius, ahora presente junto al quicio de la puerta. Estaba de sorprendente buen humor―. Coged un poco de aire y continuemos. ¡Los tesoros de Felstad están ahí mismo!



Bueno, amigos de Freakland, sirva este relatillo como presentación de mi banda. La verdad es que, desde que me inicié en Frostgrave, he probado distintos tipos de formaciones de banda, pero mi favorita, y la que he llevado más lejos en campaña, es esta, con marcado aire celta. El mago, que viaja acompañado de su aprendiza; tres thugs como músculo; dos ladrones para trincar tesoros y salir corriendo; dos arqueros que, bien posicionados, hacen de francotiradores cubriendo al resto del grupo; y el buen bárbaro Mataperros, que presta su apoyo y su buen hacer con el hacha allá donde haga falta. El grimorio del mago varía en función de si juego una partida suelta o una campaña, en el primer caso, busco una escuela -Enchanter o Thaumaturge son mis preferidas- y conjuros de dificultad baja (hasta 10, por aquello de no perjudicar al aprendiz), mientras que para una campaña ya elijo con más cuidado (aunque, por lo general, tampoco nada por encima de 12); eso sí, nunca puede faltar el Leap y algo ofensivo como una Grenade o un Bone Dart.

Suelo completar esta banda básica con un perro, que siempre viene bien. Por supuesto, hay otras permutaciones, sobre todo si juegas con un capitán, reemplazando al bárbaro por un knight o un ranger, miniaturas ambas que podéis ver en el conjunto de la banda y por las que siento un cariño especial, puesto que son las primeras que tuve. Verlas, al fin, bien pintadas después de más de veinte años es una gozada. Mataperros, por su parecido con el Slaine del cómic de 2000 AD (y proveniente del juego de mesa La leyenda de Zagore), también se ha convertido en una de mis favoritas, y cuyo apellido viene, evidentemente, por su facilidad (léase resultados de crítico)a la hora de devolver al barro a los sabuesos enemigos.


Nota de Héctor: He tenido el gusto de pintar esta banda para Frostgrave y creo que el resultado ha sido muy bueno. En primer lugar vamos a centrarnos en el mago, el personaje mas importante de la partida, pues es el que con sus hechizos facilita la búsqueda de tesoros en Felstad, aunque también puede convertirse en un temible lanzador de rayos elementales capaz de volatilizar al enemigo mas armado. El mago es una miniatura de Celtos, un druida armado con una especie de lanza-hoz. Intenté que la miniatura representara a alguien de aspecto escocés o sajón, con la piel pálida y pelirrojo. El tartán que usa como capa y taparrabos también ayuda a lograr el efecto.




Ciara es la aprendiz de Motius. La miniatura es de Reaper y no lleva grandes adornos (para lo que podemos encontrar) a excepción de cintas y telas. Ciara está pintada con un tono de piel distinto y con unos ropajes mucho mas llamativos que el resto de la banda. El azul vivo de las cintas que lleva ayuda a que la miniatura destaque sobre el resto. El pelo ha sido pintado de dos colores, castaño y un tono morado oscuro que vira desde la raíz a la larga trenza que lleva a la espalda. Un toque de fantasía para una aprendiza de hechicera.


¡Volveremos en breve con un repaso a los secuaces de la banda de Motius!