miércoles, 1 de marzo de 2017

Frostgrave: Freakland en Felstad: Convidados de hueso


―Allí hay un puto esqueleto.
     Ciara dirigió la vista hacia donde estaba señalando el caballero Donevan. Ambos estaban agazapados en lo que antaño debió ser la cocina de una mansión señorial, pero que ahora no era más que un montón de escombros dispersos cubiertos de musgo helado, en el flanco de un edificio semiderruido, ubicado en la parte alta de una laberíntica ciudad ahogada en su propia ponzoña mágica.
     La aprendiza del taumaturgo Motius observó a la criatura descarnada que se erguía mágicamente al otro lado del patio. El no muerto vestía con excesiva holgura una destartalada armadura de placas metálicas, llena de óxido y abolladuras, por cuyos huecos colgaban jirones de tela parduzca trenzados con gruesas telarañas. Se apoyaba, aparentemente con aire aburrido, en el pomo de una descomunal espada bastarda, apostado ante la negra boca que conducía a la construcción contigua al viejo palacete que la compañía de Motius llevaba explorando desde el alba.
     Un escalofrío, que nada tenía que ver con las bajas temperaturas del maldito Felstad, sacudió la espalda de Ciara. Por supuesto, tampoco con la presencia del no muerto en sí, ya que desde que se pusiera bajo la tutela de Motius había presenciado toda clase de milagros. No, lo que sentía en ese instante era la garra de acero de una funesta premonición. La marcha desde Cavancruach no había estado exenta de amenazas y peligros, pero aquello era otra cosa, la impávida certeza de que un Mal tan antiguo como implacable les acechaba al otro lado del umbral que custodiaba el esqueleto.
     Ciara se reconocía ambiciosa, temeraria e impaciente, y toda esta panoplia de defectos era lo que había dificultado su progresión en la ingrata carrera de la magia, pero Motius nunca había puesto en duda su potencial ni su fidelidad como discípula. Por eso, estaba dispuesta a seguirlo hasta el fin, y el fin parecía hallarse al otro lado del patio. Resopló, apartó sin más sus negros pensamientos y se asomó temerariamente por encima de los restos de la pared, buscando con la mirada al resto del grupo y, sobre todo, a Motius.
     Pero en lugar de dar con su maestro, topó con Garth el Oscuro. El explorador sostenía su arco de esa manera suya tan particular, a la vez que apuntaba con extraordinaria firmeza hacia el no muerto. Garth debió notar que estaba siendo observado, porque volvió la cabeza hacia Ciara y le sonrió, con esa sonrisa que se sentía como una lengua de escarcha en la nuca, al tiempo que soltaba la flecha. En menos de un parpadeo, ensartó el cráneo del no muerto y este voló, lejos del resto de su cuerpo, para chocar contra una columna partida y estallar en pedazos. El resto del guardián espectral apenas se tambaleó, pero dejó caer el espadón. La hoja restalló como una campana, amplificada por un millón de ecos sobrenaturales.
     ―A tomar por culo el efecto sorpresa ―masculló Donevan.
     Tenía demasiada razón. No habían terminado de extinguirse las reverberaciones del metal contra la piedra cuando la puerta comenzó a vomitar esqueletos, guerreros acorazados bien pertrechados de espadas y escudos, incansables, silenciosos, con nada más que oscuridad en las cuencas de los ojos. Salían en tropel, como si estuvieran desalojando el edificio a toda prisa.
     Entonces, Mataperros comenzó a reír.
     Las carcajadas de Slain Mataperros retumbaron en el patio, estremeciendo a las alimañas que acechaban en la oscuridad. Ciara sabía que aquellas risas solo eran el preludio de una nueva exhibición del bárbaro y su hacha Pelacráneos.
     Al principio del viaje, Ciara creyó que la insistencia de su maestro en reclutar a su viejo amigo para aquella descabellada empresa tenía que ver con el encargo de reclutar al resto de la banda; fue así como llegaron a su grupo los hermanos Feroces, un trío de curtidos veteranos a cual más pendenciero y duros cuerpo a cuerpo; Saxton y Lucas, los dos arqueros de Solanas, de puntería casi mágica; Agrio y Bocazas, ladrones de profesión reconvertidos en buscadores de tesoros, a los que, eso sí, tampoco convenía darles la espalda o dejar que sucumban a las malas ideas; y por supuesto, Garth el explorador, tan afilado como la punta de sus flechas. Todos partieron de Cavancruach convencidos de que podrían arrebatarle a Felstad la mayoría de sus tesoros. Todos, salvo Motius, cuyas verdaderas intenciones se las guardaba solo para sí.
     Así pues, partieron, compartieron viaje, espantaron a unos bandidos y acabaron con una manada de perros salvajes y ahora, en aquel patio de losas cuarteadas y erosionadas por siglos de hielo, salían de sus escondrijos como por ensalmo, echando mano de sus aceros para vender caros sus pellejos frente a la partida nigromántica, con Slain Mataperros, riendo como un demente, a la cabeza. Al verlo arrojarse contra el pelotón de cadáveres vivientes, convertido en una tromba de muerte que desmembraba brazos y aplastaba cascos y corazas, Ciara comprendió por qué Motius no quería confiarlo todo al poder de la magia.
     Contagiada por la euforia guerrera, la aprendiza saltó el murete y comenzó a avanzar hacia la gresca. En su camino sacó uno de los guijarros blancos que portaba en la faltriquera y formuló mentalmente el conjuro que lo convertiría en una bomba. De nuevo, Donevan la interrumpió, poniendo su mano en su hombro. A punto estuvo Ciara de darle un rodillazo en la entrepierna, pero se contuvo. A fin de cuentas, si el malhablado caballero andante se había unido al grupo había sido por su culpa, por un estúpido malentendido que la había convertido en algo así como «su dama». Motius se había lavado las manos en este tema, y la había dejado sola para que se las compusiera como ella buenamente pudiera.
     ―¡Mira arriba!
     Motius se había teletransportado a lo más alto de un montículo de escombros. Su hoz de guerra revoloteaba en el aire trazando símbolos arcanos de poder mientras completaba mentalmente el algoritmo del conjuro. Las runas labradas en la hoja curva se llenaron de una luminiscencia azul, de tal manera que hasta los esqueletos parecieron detenerse a mirarla.
     Ciara reconoció los pases y se preparó para lo que fuera a suceder.
     El maremágnum en el patio era terrible. Lucas había caído derribado por un mal golpe. Saxton cubría la retaguardia. Mataperros forcejeaba con dos enemigos, con el hacha atorada en el costillar de uno de ellos. Los hermanos Feroces lanzaban sablazos a diestro y siniestro, avanzando hacia el quicio de la puerta, palmo a palmo, flanqueados por Agrio y Bocazas. Garth andaba revolcándose por el suelo con otro cadáver demasiado ágil para su gusto. De pronto, un relámpago celeste cubrió a todos los presentes y un extraño personaje se materializó entre todos ellos. Un ser escuálido, enfundado en una túnica harapienta adornada con huesecillos y cráneos de aves y roedores, que hedía a magia nigromántica. Nadie pareció reparar en él, salvo la aprendiza.
     Sin pararse a pensar, Ciara formuló el conjuro de pies ligeros y empujó a Donevan hacia el brujo. El caballero echó a correr como si el peso de su armadura se hubiera esfumado. En tres zancadas se plantó ante él y, antes de que este tuviera tiempo para reaccionar, le separó la cabeza de los hombros con un tajo limpio.
     A una, todos los no muertos se derrumbaron como títeres desprovistos de sus cuerdas, con el mismo estrépito que si hubiera volcado el carro de un hojalatero.
     ―Bueno, muchachos ―exclamó Motius, ahora presente junto al quicio de la puerta. Estaba de sorprendente buen humor―. Coged un poco de aire y continuemos. ¡Los tesoros de Felstad están ahí mismo!



Bueno, amigos de Freakland, sirva este relatillo como presentación de mi banda. La verdad es que, desde que me inicié en Frostgrave, he probado distintos tipos de formaciones de banda, pero mi favorita, y la que he llevado más lejos en campaña, es esta, con marcado aire celta. El mago, que viaja acompañado de su aprendiza; tres thugs como músculo; dos ladrones para trincar tesoros y salir corriendo; dos arqueros que, bien posicionados, hacen de francotiradores cubriendo al resto del grupo; y el buen bárbaro Mataperros, que presta su apoyo y su buen hacer con el hacha allá donde haga falta. El grimorio del mago varía en función de si juego una partida suelta o una campaña, en el primer caso, busco una escuela -Enchanter o Thaumaturge son mis preferidas- y conjuros de dificultad baja (hasta 10, por aquello de no perjudicar al aprendiz), mientras que para una campaña ya elijo con más cuidado (aunque, por lo general, tampoco nada por encima de 12); eso sí, nunca puede faltar el Leap y algo ofensivo como una Grenade o un Bone Dart.

Suelo completar esta banda básica con un perro, que siempre viene bien. Por supuesto, hay otras permutaciones, sobre todo si juegas con un capitán, reemplazando al bárbaro por un knight o un ranger, miniaturas ambas que podéis ver en el conjunto de la banda y por las que siento un cariño especial, puesto que son las primeras que tuve. Verlas, al fin, bien pintadas después de más de veinte años es una gozada. Mataperros, por su parecido con el Slaine del cómic de 2000 AD (y proveniente del juego de mesa La leyenda de Zagore), también se ha convertido en una de mis favoritas, y cuyo apellido viene, evidentemente, por su facilidad (léase resultados de crítico)a la hora de devolver al barro a los sabuesos enemigos.


Nota de Héctor: He tenido el gusto de pintar esta banda para Frostgrave y creo que el resultado ha sido muy bueno. En primer lugar vamos a centrarnos en el mago, el personaje mas importante de la partida, pues es el que con sus hechizos facilita la búsqueda de tesoros en Felstad, aunque también puede convertirse en un temible lanzador de rayos elementales capaz de volatilizar al enemigo mas armado. El mago es una miniatura de Celtos, un druida armado con una especie de lanza-hoz. Intenté que la miniatura representara a alguien de aspecto escocés o sajón, con la piel pálida y pelirrojo. El tartán que usa como capa y taparrabos también ayuda a lograr el efecto.




Ciara es la aprendiz de Motius. La miniatura es de Reaper y no lleva grandes adornos (para lo que podemos encontrar) a excepción de cintas y telas. Ciara está pintada con un tono de piel distinto y con unos ropajes mucho mas llamativos que el resto de la banda. El azul vivo de las cintas que lleva ayuda a que la miniatura destaque sobre el resto. El pelo ha sido pintado de dos colores, castaño y un tono morado oscuro que vira desde la raíz a la larga trenza que lleva a la espalda. Un toque de fantasía para una aprendiza de hechicera.


¡Volveremos en breve con un repaso a los secuaces de la banda de Motius!
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