martes, 14 de mayo de 2013

Los Dedos de Birch, Mercenarios de Marienburgo I


LOS DEDOS DE BIRCH, MERCENARIOS DE MARIEMBURGO

El grupo completo, con Birch "El Rico" en el centro. 

Una historia no contada por ningún heraldo. 

Hoy os presentamos una banda de Mordheim, la primera que tengo de muchas, y que está excelentemente pintada por una pintora de Albacete, que tiene un talento excepcional, Sonia Dardabi. El texto es mío, y no es más que un divertimento para acompañar las imágenes de las miniaturas. 

Nota aclaratoria: Siempre me ha parecido mal el trato que se le ha dado a los Estalianos (España) en WHFB. También en WHFRP. Siendo el imperio (fin S. XV, ppios. XVI) como es, es de vergüenza tal ignominia. Así que, ya que los propios escritores oficiales han renegado de su historia en una decena de ocasiones, me voy a permitir que estalianos (españoles), tileanos (italianos) e imperiales (alemanes de la época de Carlos I) se relacionen como si tuviesen estrechas relaciones, o, mejor dicho, alianzas. Así que, más que una banda de mercenarios del Mariemburgo rolero, parecen unos mercenarios de la época de los tercios, pero con hombres rata y piedra bruja. 

Los Birch, padre e hijo, ávidos de riquezas y renombre para su familia. 

INICIO:
Situación: Una banda de mercenarios mariemburgueses ha pasado la noche en la ciudad de la piedra bruja. Tienen una serie de casas seguras a las que van a lamerse sus heridas cada vez que la situación se pone tensa. Esta vez no llevan ningún herido, pero el hijo del mecenas que les patrocina está en absoluto estado de shock. La pelea contra un grupo de hombres rata el día anterior ha acabado con los nervios del pusilánime hijo de Birch.

Los tres mercenarios a los que paga la banda. De izquierda a derecha: "El Rata", enano matador; la maga Galiena y el mediano arquero Sebastiano Piccolo.

Dile a ver a esa zorra si siente algo, aparte del calor entre sus piernas —dijo Jan.
Sí, capitán. 
El sargento Rubens se dirigió hacia la maga Galiena. Ella estaba en una habitación contigua intentando vestir al zagal, algo impávido todavía por la situación del día anterior. Le estaba ajustando la coquilla o los calzones, vaya usted a saber. Birch El Rico tenía la mirada perdida, y el vientre vacío. No había retenido nada desde la jornada de Ulrich (tercer día de la semana imperial), cuando se encontraron a aquel grupo de hombres rata. Fernández, el trabuquero, estaba con un ojo cerca de la escena, y no tardó en interpelar al sargento en un estaliano soez y grosero:
No ze le levanta ni er ánima, ar zagá... Zi yo fueze, tampoco l’iba a dar con er trabuco. Zin peloh ze me habría de quedáh.
Rubens, que medio lo entendía, decidió ajustar cuentas más tarde. Pero el resto, incluyendo a Sebastiano Piccolo, el mediano, y a Fritz, el otro arcabucero, sacudieron sus cabezas con gestos aprobatorios, acompañando el movimiento con alguna risilla. 
Señor, estamos listos. Hoy será un día donde acrecentará su gloria y su fama. Su padre estará orgulloso —asertó Rubens, dándoles a enterder que la compañía estaba lista para partir.
El Sargento Rubens, llamando a la batalla con su martillo en alto.

El cabo Rembrandt se acercó a la zona donde el capitán Jan Magnus estaba examinando el mapa que habían conseguido la tarde anterior. Aunque estaba en lengua ratuna, se identificaban claramente cuatro puntos aledaños al refugio donde los mutantes habían detectado la presencia de piedra bruja. Ya llevaba la ristra de pistolas encima, y todos los herrajes de los que disponía. Sin más dilación, decidió ir al grano:


El Cabo Rembrandt, transformación de un portaestandarte imperial. 

¿Qué cojones pasa, capitán?
Es una trampa, me lo dice hasta el cuero cabelludo. Los ratas saben que tenemos algo de material, y por eso nos han dejado el mapa, para conducirnos hasta alguno de los puntos convenidos. Allí nos asaltarán en masa, y en el cuerpo a cuerpo degollarán a todos los que puedan, sin posibilidad de gastar pólvora. ¿Cómo está el enano?
Durmiendo. No tengo ni idea de dónde saca el alcohol, señor —se lamentó Rembrandt—. Nadie debe tener, pero le aseguro que alguien debe llevar alguna esencia que le hace olvidar lo que le queme por dentro y conciliar el sueño de los malditos. 
Hay que despertarlo aunque le quememos la barba. Si quiere morir, que sea a nuestro servicio, que para eso se lleva buenas coronas de lo que nosotros ganamos. Además necesito a la maga.
Estará tensa. 
Seguro, Fernández la saca de quicio, pero de eso se encargará Rubens más tarde. Necesito su sentido mágico para que detecte cual de estos escondrijos destila más fuerza. 
En ese momento, Galiena y Rubens se acercaron al dúo. Galiena, con sus formas turgentes, sus gasas y sus transparencias llevaba a toda la compañía de cabeza. Si el sargento no fuera de piedra, e hiciese valorar más a la soldadesca su cabeza que su entrepierna, ya hubiesen empezado a matarse entre ellos por la tileana.
Io non sono una cagna, io sono una strega del collegio imperiale!!!
Todos lo sabemos y como tal la tratamos, mi señora —dijo Rubens en un estaliano con considerable acento—. Ahora necesitamos de sus inestimables conocimientos sobre la magia.
Non avrei mai dovuto arrivare a questo buco infettiva —se lamentó Galiena.
¿Qué ha disho? —inquirió Fernández.
Ich werde dich töten! —le espetó Rubens con voz de bajo. Fernández siguió con lo suyo. 

Los tres héroes de la banda. De izquierda a derecha, el Cabo Rembrandt; Jans Magnus, Capitán y el Sargento Rubens.

A Jans Magnus se le agotaba la paciencia. Su cara denotaba una tensión terrible, pero, con templanza, moduló su voz hasta un tono normal, y sin proferir blasfemia alguna, comenzó a explicar el plan. Rembrandt llamó a los dos kislevitas que montaban guardia fuera, Pavlov y Hegel, soldados ambos, que portaban grandes espadones.
El plan es el siguiente —comenzó el capitán—: En cuanto la señora hechicera nos diga en cual, de estos cuatro edificios, está la mayor concentración de piedra bruja, nos desplegaremos. Los dos arcabuceros, Fritz y Fernández, tomarán posiciones para cubrirnos la retirada hasta aquí. Aguanten sin disparar hasta que nos vean salir, y tengan cuidado de no darle a nadie, ya saben. Tampoco revelen su posición antes de tiempo.
Ja mein Kapitän —espetó Fritz.
Zi, yasta esho —apuntó Fernández.
Ambos se miraron socarronamente, y empezaron a repartirse las sartas de pólvora, a cosa de una docena cada uno.
Nosotros tres, Rubens, Rembrandt y yo —prosiguió el capitán—, entraremos a saco por la puerta principal. Atentos a la negrura y a los huecos, que tendrán ratas gigantes amaestradas que parecen perros y son más tenaces. No se descuiden, y a la voz de atrás, es atrás, que nadie se haga el valiente. Pavlov y Hegel se cubrirán tras la puerta, y nos guardarán la retaguardia. Ni se les ocurra salir. Ya saldremos todos a degüello cubiertos por los tiradores. ¿Entendido?
Entendido.
La señora hechicera irá con nosotros, pero siempre un paso por detrás y sobre seguro. Puede que su magia nos saque del atolladero. No debe ser herida, ni permitir que nadie acerque el acero a sus gasas.
¡Ejem! —Rubens se había sonrojado con el comentario.
Non ho bisogno di nessuno per salvare me, posso proteggermi! E cosa dire i miei vestiti?
Ningún problema —prosiguió el capitán—. El mediano también viene con nosotros.


Sebastiano Piccolo, el mediano. 

El cabo Rembrandt andaba pensativo. No hacía más que atusarse los bigotes y mesarse la barba. Esperaba que alguien le interpelara, como era su costumbre, pero, esta vez, habló sin mediar más tiempo:
¿Y el muchacho?
Como si un aire gélido hubiese traspasado la ruinosa estancia, todos callaron. De repente, una voz húmeda y gutural se oyó desde la habitación adyacente, una cloaca que olía a mugre. 
¡Irrá connnmigo! ¡Io lo prrroteggerré!
El enano matador, El Rata, suicida de profesión y mercenario de ocasión, parecía haber estado al tanto de toda la conversación del alto mando. Era un tipo que sólo vestía un taparrabos, con innumerables cicatrices y con una cresta mugrienta que le cruzaba el cráneo de Norte a Sur. Llevaba alguna que otra rata seca colgada, y le gustaba alardear de anillos en su carne y tatuajes en su piel. Si no fuese porque los enanos eran una raza bien conocida en el imperio, hubiera parecido un engendro tumefacto y borracho. Digno de ver arder, diría alguno. Los motivos que llevaron a este personaje a convertirse en un loco matarife eran absolutamente oscuros. Se rumoreaba que el capitán lo sabía, pero del tema nunca se hablaba. En realidad, El Rata, que no tenía otro nombre, no pertenecía a la compañía. Lo habían dado por muerto o desaparecido más de cinco o seis veces, pero siempre parecía volver de entre los muertos, nunca encontraba la paz que tanto anhelaba. No se ganaba su muerte. Siempre volvía a por dinero. 
¡Puto enano borracho infame! ¡¿Ya sales de tu sepulcro?! No, esta vez no permitiré que vuelvas a estar al lado del chico, pues si muere no habrá lugar donde el dinero de su padre no nos encuentre. Ya ha vuelto medio idiota de la última, y todo por hacerte caso. Irá conmigo y con el sargento Rubens. 
Questo nano è una bestia puzzolente!
Tú ya sabes lo que tienes que hacer. Ve y mata todo lo que encuentres a nuestro alrededor. 
Sí, Io ya saberr. Grugni sabe también. ¿Saber que tú pagarr antes del combate? 
Rubens te pagará, como siempre. Puedes marcharte, Rata. 
Nulla di buono può venire di questo.

Y así, con todo más o menos organizado, la compañía cruzó una plaza medio derruída, cubriendose de miradas indiscretas bajo los soportales, hasta llegar a un portal blasonado. Todos tensos y en guardia, mechas humeantes, excepto el señorito, que había sido llevado en volandas hasta allí, y seguía perdido. Todos esperando a que la hechicera detectara el poder de la piedra bruja, y marcara el edificio a asaltar. Todos eran profesionales, mercenarios, prescindibles excepto para sí mismos. Todos respondían por todos. El asunto era serio, como siempre, y la tensión se podía cortar como si fuese tocino. 
Aquí comenzaba la acción. 

En la siguiente entrega podréis presenciar como la trampa es trampa, pero no es lo esperado. También veréis las grandiosas hazañas de la sensual hechicera Galiena, la pericia del mediano Sebastiano Piccolo, y el valor irreflenable de El Rata, matador de trolls. Atentos al siguiente capítulo. 
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